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A veces de lata, otras de no escuchar, la vida puede ser ingrata. Porque, en rigor, los agradecimientos pesan poco de palabra, mas son cimientos cuando actos. Críticas raquíticas vienen y van, dimes y diretes que no miden veneno, al tiempo que pinchan como mosquete, cortan el aire. En Zaire o en Constitución, la falta de reconocimiento desayuna decepción y almuerza indiferencia. Un poco hago referencia a una cacería cobarde de valentía y no te miento si describo un agotamiento en las ganas de seguir. Hay sabios que ignoran, hay resabios de ayer y quizás más de la cuenta por pagar. Las peores deudas son con uno mismo. Los reproches, noches sin poder dormir. El cansancio de no lograr sueños también sabe a ingratitud. Los temerarios no tienen horarios y los temerosos ayunan valor. Mientras, en el fragor de la batalla mueren, anónimos, muchos con mérito pero sin medalla. La propina es consuetudinaria y también una evaluación. Y en ese bar, de las distinciones tacañas, un sifón le pidió silencio a ciertas lenguas no buenas que maltratan vidas ajenas.

