Los padres no siempre tienen razón, pero sí varias razones. Hay marcas del pasado y motivos para el futuro que dejan un presente de interpretación y tránsito lento. Se vive el momento y se posterga el propósito. Cito aquí al pensador Homero: no se puede “rockear” por siempre, maestro. Cuando la tormenta es larga, uno sigue la huella, la abraza: ¿Pero porque el camino es bueno o mayor seguridad? Y en sequía, sin ese rastro… ¿Vamos con más convicción? ¿Extrañamos? Sí. ¿Pero el dibujo en el piso..? No sé. Hay padres que nos enseñaron a manejar: con palanca al volante, con paciencia, palanca al piso, con gritos, sin levantar la voz, como pudieron. La docencia no es moco de pavo. Ya ni sé si hay más autos que padres a la fecha. Algunos hasta armaron el vehículo con sus hijos; ahí ya sin importar los kilómetros, las prestaciones y qué sé yo, aparecieron unas mañas más duraderas. A veces los trucos para vivir hacen la diferencia. A veces no, me animo a decir que casi siempre. Porque cuando te enseñaron muy bien a andar por el barro, seas 4x4 o 2+2, las tormentas ya son mucho más relativas, casi pintorescas. La transmisión de conocimiento puede venir en frasco de repetición incansable, a fuerza de tomas diarias, ó, también, en un tratamiento presentado, conversado, pactado y dosificado en magníficos encuentros. Creo que ninguno es mejor que el otro, por aquello de las razones. Hay rituales, hay ceremonias, hay rutinas, hay detalles, hay gestos, miradas, sonidos, colores, olores y un sinfín de guiños para que cada quien, a su modo, recuerde a su primer maestro.

